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Full text of "Rio Branco"

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M.  BERNARPEZ 


R(o  Branco 


I.  Razón  de  este  homenage. 

II.  Río  Branco. 


III.  tluestra  frontera  noreste. 


MONTEVIDEO 

A.  Barreiro  y  Ramos,  editor 

«LIBRERÍA  NACIONAL» 


Razón  de  este  homenage. 


(Carta  del  autor  al  editor) 


Digitized  by  the  Internet  Archive 
in  2017  with  funding  from 

University  of  Illinois  Urbana-Champaign  Alternates 


https://archive.org/details/riobrancoOObern 


Buenos  Aires ,  Octubre  30  de  1909. 


Señor  don  A.  Barreiro  y  Ramos, 

Montevideo. 


Señor  y  buen  amigo: 

El  propósito  de  editar  en  volumen  separado 
el  capítulo  sobre  el  Barón  de  Río  Branco  de  mi 
libro  “  El  Brasil  ”,  —  propósito  que  usted  tuvo 
á  bien  hacerme  conocer  á  mi  reciente  paso 
por  Montevideo,  —  merece  toda  mi  simpatía. 
Eruto  de  primeras  y  rápidas  impresiones  sobre 
la  alta  personalidad  que  refleja  pálidamente, 
dicho  capítulo,  que  acabo  de  releer  ya  á  dos 
años  de  distancia  de  la  fecha  en  que  fue  escrito 
y  después  de  mi  más  detallado  conocimiento 
del  canciller  del  Brasil  y  de  su  obra  eminente, 
puede  ser  publicado  de  nuevo,  pues  sus  defec¬ 
tos  son  en  todo  caso  de  deficiencia  en  la  capa¬ 
cidad  requerida  para  abarcar  su  asunto,  vario 


6 


y  enorme  —  pero  no  peca  de  infidelidad.  Falta 
allí  mucho,  que  hoy  pondría  yo  si  debiera  es¬ 
cribir  de  nuevo  y  con  mayor  meditación  aquel 
improvisado  bosquejo:  pero  lo  que  está,  está 
en  su  lugar  y  no  tiene  por  qué  ser  removido. 
Yo  ampliaría  al  presente  el  área  de  observa¬ 
ciones  á  propósito  de  la  personalidad  del  gran 
brasilero  cuya  actuación  internacional  y  cuya 
influencia  moral  sobre  su  pueblo  son  un  caso 
único  en  la  vida  universal  contemporánea ;  mo¬ 
dificaría  tal  vez  lo  anecdótico  superficial  de  mi 
bosquejo,  ahondando  en  cambio  en  la  latitud  de 
la  obra  diplomática  realizada  por  el  Barón  de 
Río  Branco,  enriquecida  todavía  con  dos  gran¬ 
des  actos  recientes,  que  bastarían  para  la  glo¬ 
ria  de  un  hombre  y  el  honor  de  un  pueblo:  el 
acto  de  la  liquidación  fronteriza  del  Brasil  con 
el  Perú,  en  que  la  profunda  sagacidad  y  el 
tacto  seguro  de  Río  Branco  para  actuar  re¬ 
sueltamente  en  el  minuto  preciso,  originaron 
una  importante  y  rápida  victoria  para  la  can¬ 
cillería  de  Itamaraty,  despejando  el  horizonte 
del  Brasil  de  una  guerra  en  perpetua  incuba¬ 
ción,  y  que  fuera  declarada  inevitable  por  es¬ 
píritus  tan  capaces  de  penetrar  las  fatalidades 
futuras  como  el  del  glorioso  é  infortunado  Eu- 
clydes  da  Cunha ;  y  el  acto  de  nuestra  cuestión 
tradicional  de  la  laguna  Merim,  zanjada  con 
una  amplitud  tan  elevada  y  serena  que  acaba 


1 


de  perfilar  al  Brasil  en  aquella  actitud  de 
mantenedor  conspicuo  del  buen  derecho  inter¬ 
nacional,  con  que  gallardamente  se  presentó 
y  se  impuso  á  la  consideración  del  mundo  civi¬ 
lizado  en  el  Congreso  de  la  Haya. —  En  esos 
rumbos  acentuaría  hoy  una  semblanza  del  Ba¬ 
rón  de  Río  Branco,  no  siendo  difícil  que  á  ello 
me  aventure  cuando  disponga  del  reposo  men¬ 
tal  indispensable  para  intentar,  como  deseo, 
algunos  ensayos  de  biografía  é  historia  psicoló¬ 
gica  de  hombres  de  Sud  América;  pero  por 
ahora,  reconozco  que,  como  boceto  de  oportu¬ 
nidad,  para  presentar  la  figura  ejemplar  y  emi¬ 
nente  del  canciller  del  Brasil  al  respeto  de  nues¬ 
tro  pueblo,  aquella  impresión  periodística  in¬ 
completa  y  hecha  á  grandes  líneas,  evoca  bas¬ 
tante  los  rasgos  salientes  de  la  figura,  de  la 
vida  y  de  la  obra  del  Barón  de  Río  Branco, 
siendo  en  cierto  modo  y  dentro  de  mis  deficien¬ 
cias  de  expresión,  un  prospecto  de  las  ideas 
cardinales  del  gran  canciller.  Allí  está,  creo 
que  por  primera  vez,  lanzada  públicamente  á 
la  circulación  universal,  la  fórmula  de  la  paz 
y  de  la  defensa  de  Sud  América,  sintetizada 
en  la  alianza  del  Brasil,  la  Argentina  y  Chile, 
á  la  que  forzosamente  debe  ser  incorporado  el 
Uruguay,  del  que  no  sería  ya  posible  prescindir ; 
allí  está,  afirmada  en  horas  de  inquietud  y  re¬ 
belo,  la  fé  profunda  y  fuerte  de  Río  Branco  en 


la  armonía  indestructible  de  los  destinos  de  es¬ 
tas  naciones,  que  sólo  ofuscaciones  de  arrabal, 
incapaces  de  tomar  altura  y  dominar  conjun¬ 
tos,  pueden  creer  destinadas  á  atacarse  y  des¬ 
truirse;  allí  está  aquel  concepto  superior  de  la 
política  de  Río  Branco,  dirigida  á  suprimir  di¬ 
ficultades  de  aproximación  dentro  del  conti¬ 
nente,  á  reforzar  el  poder  y  el  prestigio  común, 
para  unirlos  después  en  la  común  defensa  y 
beneficio;  allí  está,  culminante  é  imperiosa 
como  un  dedo  que  marca  una  ruta,  aquella  sín¬ 
tesis  del  pensamiento  de  Río  Branco :  “  se  trata 
de  poner  en  recaudo  nuestra  herencia  y  ase¬ 
gurar  nuestro  común  derecho  á  trabajar  y 
prosperar  en  paz.  Para  esto  es  para  lo  que  de¬ 
ben  ser  nuestras  fuerzas  eficaces;  pero  mien¬ 
tras  no  se  unan  deliberadamente  no  lo  serán 
sino  en  grado  precario  Y  más  adelante,  ce¬ 
rrando  el  período  y  echándolo  á  circular  como 
un  convoy  de  ideas  en  marcha :  ‘  ‘  el  día  en  que  no 
haya  sino  un  pensamiento  y  una  acción  en  toda 
cuestión  internacional  que  afecte  al  continente, 
no  habrá  osadía  ni  arbitrariedad  bastante  fuer¬ 
te  para  imponernos  una  vejación.  Cuando  ya 
no  sea  cuestión  de  ocupar  un  puerto,  sino  de 
bloquear  todo  un  continente  sobre  dos  océanos, 
las  cosas  cambiarán  sustancialmente,  no  sólo 
para  la  seguridad,  sino  para  el  prestigio  y  para 
el  rango  de  Sud  América  ”.  Cuando  se  ha  oido, 


9 


como  yo  oí,  hablar  á  tal  hombre,  en  tal  estilo, 
diciendo  tan  trascendentales,  simples  y  desu¬ 
sadas  cosas,  cuya  fuerza  de  utilidad  y  verdad 
las  convierte  inmediatamente  en  consignas  á 
cumplir,  se  tiene  la  impresión  de  haber  subido 
á  una  cumbre,  —  se  ve  el  horizonte  amplio  y 
claro,  —  se  reducen  á  su  insignificancia  origi¬ 
nal  las  cuestioncillas  de  rivalidad  y  los  antago¬ 
nismos  de  barrio,  —  se  siente  la  utilidad  y  la 
fuerza  benéfica  de  la  diplomacia  así  entendida, 
que  tanto  comprende  y  tanto  abarca,  buscando 
en  el  bien  de  todos  la  más  clara  fuente  del  propio 
bien,  —  invade  el  espíritu  una  convicción  altiva 
é  indestructible  de  que  el  destino  de  América 
y  su  gloria  deben  ser  buscados  y  serán  hallados, 
gloriosamente,  en  el  camino  ancho  del  pro¬ 
greso  y  la  fraternidad,  atada  con  el  doble  lazo 
de  las  afinidades  y  del  honrado  interés;  se 
piensa,  como  Sarmiento,  que  “ya  se  ha  zonceado 
bastante”,  y  se  baja  á  la  llanura  diciendo,  tam¬ 
bién  como  Sarmiento,  que  “  el  mal  existirá 
siempre  en  la  tierra;  pero  hoy  más  que  nunca 
brillan  por  sus  virtudes  nuestros  pueblos  de 
América!  ” 

Fué  penetrado  de  tales  evidencias  que  es¬ 
cribí  la  semblanza  del  Barón  de  Río  Branco 
que  usted  tiene  hoy  la  amable  idea  de  circular 
profusamente  en  nuestro  país,  como  el  más  sen¬ 
cillo,  pero  quizás  no  como  el  menos  expresivo 


ÍO 


homenaje.  Eso  oí,  eso  repetí  y  en  eso  sigo  cre¬ 
yendo.  Algunas  objeciones,  —  pocas,  y  de  poca 
importancia  moral  —  me  ha,  deparado  esta  con¬ 
vicción  de  que  Eío  B raneo  piensa  así ;  convicción 
que  no  ha  faltado  quien  la  juzgue  credulidad 
ingenua,  diciendo  que  Río  Branco  44  no  se  iba 
á  confesar  conmigo. . .  ”  Yo  nunca  creí  que  se 
hubiese  confesado :  pero  sí,  creo  firmemente  que 
aprovechó  la  oportunidad  de  estar  por  mi  in¬ 
termedio  en  contacto  con  un  gran  diario  sud¬ 
americano,  en  cierto  momento  que  él  habrá 
creído  oportuno,  para  dar  al  continente  una 
síntesis  clara  y  concreta  de  su  modo  de  ver 
el  presente  y  de  preparar  el  futuro,  reve¬ 
lando  la  índole  prospectiva  de  su  acción  y 
lanzando  á  los  vientos  la  semilla  de  su 
propósito  transcendental  de  alianza,  —  semilla 
que  ha  caído  en  tierra  fértil  y  que  hemos  de 
vivir  bastante  para  verla  germinando  lozana 
y  dando  frutos  de  honor  y  de  prestigio  conti¬ 
nental.  Aquella  fórmula  que  pareció  una  fan¬ 
tasía  del  Barón ...  ó  del  repórter,  es  ya  una 
preocupación  de  nuestras  cancillerías,  y  va  mar¬ 
chando  á  una  encarnación  forzosa,  inevitable, 
porque  responde  á  intereses  incoercibles. 
¿  Quién  nos  dice  que  las  fiestas  del  centenario 
argentino,  atrayendo  presidentes  y  cancilleres 
á  la  metrópoli  de  Mayo,  que  entonces  respirará, 
titánicamente,  con  el  pulmón  sano  y  fuerte  del 


■  . --  ■  . U  = 

glorioso  pasado,  las  auras  del  futuro,  no  pue¬ 
dan  ser  también  las  fiestas  de  la  armonía,  de  la 
concordia  y  de  la  alianza?  Observando  fijamen¬ 
te  el  fenómeno  político-social  que  se  agita  y  la 
nube  que  pasa,  no  es  difícil  advertir  el  pode¬ 
roso  dinamismo  de  aquel  viento  que  Emerson 
vió  soplar  irresistiblemente  á  través  de  las  al¬ 
mas,  en  la  dirección  del  Derecho  y  la  Necesidad ! 

Gracias  por  su  amable  lembranza  y  disponga 
de  su  amigo, 


M.  Bernárdez. 


Último  retrato  del  Barón  de  Río  Branco,  con  su  firma  autógrafa 


II. 

Rio  Branco. 


(Capítulo  del  libro  «  61  Brasil  >) 


Río  Branco 


En  el  palacio  de  Itamaraty.  —  Las  casas  y  las  cosas  del  Brasil 
ganan  viéndolas  por  dentro.  —  El  taller  de  trabajo  de  Río 
Branco.  —  Su  11  home  ”  en  la  cancillería.  —  Una  vida  de  la¬ 
bor.  —  Noches  fecundas.  —  La  explicación  de  un  prestigio.  — 
El  hombre,  su  medio,  sus  ideas  y  su  obra .  —  Genealogías  as¬ 
cendentes.  —  El  ministro  Paranhos.  —  La  tradición  paterna. 
— Reportaje  para  el  Plata.  —  Rumbos  de  la  política  del  Bra¬ 
sil. —  La  paz,  la  justicia,  el  derecho  y  el  progreso,  la  riqueza 
común  y  el  orden  como  bases  del  prestigio  de  Sud- América. 
— ¿Tres  países  para  todos*?  —  Argentina,  Brasil  y  Chile. — 
La  alianza  política  y  los  tratados  económicos.  —  Nuestro  ene¬ 
migo  es  nuestra  desconfianza.  —  11  Sólo  la  locura  podría  traer 
discordias  ”. —  Algunos  rasgos  del  íl  gran  brasilero”. — Un 
sport.  —  Por  qué  no  hace  política  Río  Branco. — 1  ‘  Todo  para 
el  Brasil”  —  Uno  que  podría  no  ser  nada  y  serlo  todo. 


Me  habían  dicho  que  el  barón  de  Río  Branco 
era  muy  matinal,  como  lo  son  generalmente 
los  hombres  de  trabajo  en  Río,  porque  el  clima 
lo  pide.  Me  fui  en  consecuencia  á  Itamaraty, 
á  cosa  de  las  nueve.  Bajé  de  un  pequeño 
“  bond  ”  de  los  pocos  que  quedan  á  sangre,  ti¬ 
rado  por  una  mulita  diligente,  y  penetré  en  un 
vasto  vestíbulo.  Un  hombre  de  aspecto  pala¬ 
tino —  el  mayordomo  de  la  cancillería  —  salió 
á  atenderme,  deferentemente.  Dije  de  donde 


16 


iba  y  á  qué.  Deseaba  saludar  al  señor  de  Río 
Branco  en  nombre  de  El  Diario  de  Buenos 
Aires. 

—  Su  Excelencia,  me  dijo  el  mayordomo,  se 
acostó  á  las  ocho;  así  es  que,  hasta  después  de 
las  doce,  considero  difícil. .  . 

Yo  no  opinaba  del  mismo  modo,  creyendo  que 
se  tratase  de  las  ocho  de  la  noche  anterior. 
Pero  el  mayordomo  me  sacó  del  error,  agre¬ 
gando  á  guisa  de  explicación  cortés:  —  Gomo 
su  excelencia  estuvo  varios  días  en  San  Paulo 
se  le  atrasó  el  trabajo- y  por  eso  se  quedó  despa¬ 
chando  toda  la  noche .  . . 

Sin  dificultad  quedé  con  esto  convertido  á 
la  juiciosa  opinión  del  mayordomo.  El  barón 
de  Río  Branco  se  había  acostado  apenas  una 
hora  antes ...  El  hecho  era  curioso,  pero  se¬ 
gún  me  informé,  no  era  raro.  El  barón  se  queda 
con  mucha  frecuencia  trabajando  hasta  el  día, 
—  lo  menos  dos  ó  tres  veces  en  la  semana.  Vive 
con  su  familia  en  Petrópolis,  (*)  pero  en  cuan¬ 
to  un  trabajo  cualquiera  lo  retiene  en  Río  hasta 
el  anochecer,  se  deja  seducir  por  la  ingente  ta- 


(*)  En  mi  segunda  visita  al  Brasil,  tuve  el  placer  de  satisfacer 
por  completo  mi  curiosidad  acerca  de  la  vida  y  hábitos  de  labor 
del  barón  de  Río  Branco,  gracias  á  la  iniciativa  de  su  gentil  cor¬ 
tesía.  Después  del  amable  honor  de  un  almuerzo  en  su  residencia 
de  Petrópolis,  me  permitió  ver  su  Sancta-Sanctorum  de  las  gran¬ 
des  meditaciones  y  del  trabajo  metódico,  diciéndome  con  su  afabi¬ 
lidad  de  hombre  de  inundo  que,  ya  que  lo  había  yo  pintado  en  el 


tí 


rea  que  lo  solicita,  se  recluye  en  su  despacho, 
hace  allí  una  cena  frugal  y  se  vandea  la  noche 
en  claro,  estudiando  protocolos,  meditando  so¬ 
luciones  de  problemas  grandes  y  de  asuntos  pe¬ 
queños,  de  cuestiones  exteriores  y  de  cosas  case¬ 
ras,  edilicias,  policiales,  de  ornato  público,  de 
agasajo  de  viajeros  distinguidos,  de .  fomento 
urbano,  de  cultura  ó  de  estética  callejera  —  de 
todo,  menos  de  política.  La  actividad  del  can¬ 
ciller  es  enorme  y  minuciosa,  —  á  semejanza 
de  una  probóscide,  que  lo  mismo  arranca  un  ár¬ 
bol  de  cuajo  que  levanta  una  aguja  del  suelo. 
Montañas  de  expedientes,  cordilleras  de  tele¬ 


caos  de  su  sala  de  trabajo  en  Itamaraty,  quería  que  viese  que  era 
también  hombre  ordenado  y  capaz  de  minuciosidades  burguesas .  . . 
En  realidad,  el  despacho  de  su  residencia  —  en  cuyos  detalles  se 
notan  las  costumbres  y  gustos  de  un  gran  señor  —  no  lo  refleja 
tanto  como  el  otro,  sino  después  que  se  examinan  las  estanterías, 
los  tesoros  bibliográficos,  los  códices  valiosísimos  que  allí  guarda 
el  barón,  como  raros  manjares  para  su  exigente  paladar  de  erudito. 
Un  manuscrito  sobre  la  batalla  de  Ituzaingó,  escrito  y  preciosa¬ 
mente  ilustrado  por  un  oficial  alemán  al  servicio  del  Imperio,  me 
hizo  pensar  en  las  perversas  delicias  de  un  saqueo.  Pero  lo  que 
más  llamó  mi  atención,  mostrándome  una  nueva  faz  del  trabajo 
mental  del  barón,  fué  su  extraordinaria  facultad  de  coleccionador 
de  documentos,  su  gusto  y  su  destreza  de  papelista,  en  cuya  tarea 
se  requiere  una  dosis  de  paciencia  elevada  á  virtud,  que  se  diría 
incompatible  con  las  grandes  síntesis  mentales  que  ocupan  de  pre¬ 
ferencia  el  pensamiento  del  canciller.  La  historia  de  las  cuestiones 
de  límites  concluidas  bajo  su  dirección,  está  hecha,  virtualmente, 
en  la  ordenada  acumulación  de  documentos  encuadernados  en  enor¬ 
mes  infolios  cuidadosamente  numerados  y  catalogados.  “  La  Cues¬ 
tión  de  Misiones  ”  ocupa  diez  ó  doce  volúmenes  que  cargarían  un 
carro;  11  La  Cuestión  del  Amapá  ”,  que  es  todavía  más  larga,  la 
del  Acre  y  todas  las  demás,  están  ordenadas  del  mismo  modo. 
Abrió  el  barón  un  tomo,  al  azar,  de  11  La  Cuestión  de  Misiones  ” 
y  observé  con  viva  curiosidad  la  diversidad  de  documentos  allí 


18 


gramas,  lo  esperan  siempre,  desbordando  en 
las  mesas  —  y  él,  con  su  movilidad  reposada, 
sin  un  ademán  inútil  ni  un  minuto  vacío,  sin 
un  bostezo  de  cansancio,  sin  abrir  más  escape 
á  su  energía  que  la  minúscula  chimenea,  siem¬ 
pre  humeante,  de  su  cigarrillo  negro  armado  en 
chala,  se  sumerge  en  la  tarea  y  va  girando  la 
rueda  de  sus  decisiones  como  el  volante  de  un 
mecanismo  mental,  que  no  se  equivoca,  ni  va¬ 
cila,  ni  vuelve  atrás.  Cuando  pude  dar  una 
ojeada  á  aquella  labor  desmedida  y  metódica, 
me  vino  la  idea,  quizás  un  poco  absurda,  pero 
gráfica,  de  una  de  esas  trilladoras  á  vapor  que 


archivados,  con  una  lógica  que  á  primera  vista  no  se  advierte,  pero 
que  un  breve  examen  pone  en  evidencia,  notándose,  al  lado  de  un 
telegrama  en  clave,  el  menú  de  un  banquete  ó  un  recorte  de  diario, 
y  —  junto  á  un  documento  secular  que  trajera  luz  inesperada  al 
debate,  el  retrato  de  una  dama  de  la  diplomacia  que  algo  tuviera 
que  ver  en  ciertas  delicadas  tramitaciones.  Todo  ello  tenía  entre 
sí  una  conexión  íntima  —  una  relación  de  causa  á  efecto . .  .  Pa¬ 
recía  que  los  hilos  con  que  fuera  tejido  el  sólido  alegato  pericial, 
dejaban  ver  aquí  y  allá  algunas  de  sus  puntas,  al  ser  abierto  brus¬ 
camente  el  voiúmen  que  los  guardaba ....  El  barón  ha  hecho 
allí,  en  aquella  sala  de  hombre  de  letras,  un  substractum  de  su 
inmensa  labor,  acumulando  de  paso  materiales  para  trabajos  his¬ 
tóricos  sobre  el  Brasil,  en  los  cuales  piensa  á  la  vez  con  delicia 
intelectual  y  con  melancolía,  pues  parece  temer  que  la  diplomacia, 
con  sus  exigencias  desbordadas,  ocupe  y  anegue  los  apacibles  re¬ 
cintos  en  que  medita  dar  expansión  y  espacio  á  sus  caros  proyectos 
de  historiador.  Sin  duda  alguna,  la  historia  de  la  diplomacia  bra¬ 
silera  y  la  historia  de  la  guerra  del  Paraguay  —  tema  este  último 
que  mucho  ama  y  anhela  poder  abordar  el  barón  —  no  hallarían 
numen  más  fuerte,  más  informado,  más  autorizado,  más  capaz  de 
imparcialidad  y  de  serenidad  filosófica,  que  el  del  hijo  y  compa¬ 
ñero  del  pacificador  del  Paraguay,  y  actor  á  su  vez,  conspicuo  y 
victorioso,  en  las  más  trascendentales  jornadas  diplomáticas  de  su 
patria . 


19 


se  ven  funcionar  á  miles  en  nuestras  campañas 
durante  la  cosecha,  recibiendo  incesantemente 
parvas  enteras  de  espigas,  y  sin  esfuerzo  ni  de¬ 
mora  aventando  la  paja  al  aire  por  un  lado 
y  volcando  por  el  otro  el  grano  limpio,  embol¬ 
sado  y  listo  para  ser  pan .  .  . 

Estas  imaginaciones  comparativas  se  me 
ocurrieron  otra  vez  que,  acompañado  de  un 
gentil  amigo  que  era  muy  de  la  casa  en  Itama- 
raty,  volví  á  intentar  la  entrevista,  desencon¬ 
trándome  con  el  barón,  que  acababa  de  salir 
para  el  palacio  presidencial.  Mi  deseo  era  una 
visita  lisa  y  llana  —  un  discreto  exabrupto  pe¬ 
riodístico,  sin  las  solemnidades  cohibitorias  de 
una  audiencia  oficial.  Sabía  que  el  Canciller  te¬ 
nía  mundo  de  sobra  para  no  tomar  á  mal  un 
abordaje  en  tal  estilo  y  no  quise  salirme  de  mi 
propósito.  Pero  el  desencuentro,  lejos  de  ha¬ 
cerme  perder  la  tarde,  me  sugirió  el  vivo  deseo 
de  dar  un  vistazo  furtivo  al  misterioso  taller 
de  trabajo  internacional  sin  la  presencia  del 
dueño  de  casa;  y  el  amable  compañero  accedió 
á  mi  pretensión,  introduciéndome  en  el  pala¬ 
cio,  ya  universalmente  famoso,  de  Itamaratv. 


20 


Itamaraty  es,  como  Cattete,  la  obra  de  un 
gran  señor,  opulento  y  refinado  en  la  compleja 
y  esquisita  ciencia  de  la  vida.  También  como 
Cattete,  el  palacio  de  la  cancillería,  comprado 
á  un  noble  del  Imperio,  no  dice  lo  que  es,  visto 
desde  afuera.  Parece  un  caserón.  El  amigo  que 
me  acompaña  me  dice,  contestando  una  obser¬ 
vación  mía  al  respecto:  — Usted  verá  que  las 
casas  y  las  cosas  del  Brasil  son  casi  siempre 
mejores  que  su  aspecto  exterior  y  ganan  á  me¬ 
dida  que  se  las  ve  por  dentro .  .  .  Con  agrado 
voy  concordando.  El  palacio,  en  efecto,  una 
vez  subida  la  escalera  de  honor,  va  revelando 
las  magnitudes,  la  suntuosidad  severa  y  artís¬ 
tica,  el  noble  sabor  antiguo  de  una  gran  resi¬ 
dencia  señorial.  Vastos  salones,  con  magníficas 
alfombras  persas  y  tapices  de  Aubusson  que 
representan  fortunas  como  valor  y  como  arte, 
se  suceden,  decorados  por  bustos  de  diplomᬠ
ticos  y  estadistas  y  por  profusión  de  cuadros 
que  invariablemente  llevan  firmas  de  artistas 
brasileros.  Un  bello  parque  tropical  forma  el 
centro  del  extenso  edificio,  flanqueado  por  sa¬ 
las,  despachos,  dependencias,  archivos ;  y  al  fon¬ 
do,  un  cuerpo  entero  de  dos  pisos,  construido  ex¬ 
profeso,  encierra  el  tesoro  de  una  biblioteca  di¬ 
plomática  invalorable,  que  es  el  amor,  el  orgu- 


2t 


lio  y  el  arsenal  de  combate  del  barón  de  Río 
Branco. 

Después  de  una  rápida  gira  curioseando  los 
salones  y  oficinas,,  todas  abiertas,  pasamos  por 
delante  de  una  puerta  cerrada.  Mi  acompañan¬ 
te  me  dijo : 

—  Este  es  el  despacho  del  barón. 

Bien  deseaba  verlo,  porque  hasta  entonces  no 
había  hallado  allí  nada  característico,  nada  que 
concretamente  se  refiriese  al  hombre,  cuyo 
nombre,  cuya  popularidad,  cuyo  prestigio, 
como  una  leyenda  y  una  obsesión,  había  visto 
presente  siempre,  desde  que  pisé  tierra  del  Bra¬ 
sil,  flotando  en  todas  las  conversaciones,  sur¬ 
giendo  en  todos  los  discursos,  centro  de  un  fer¬ 
vor,  de  un  cariño,  de  una  confianza  apasiona¬ 
das,  por  parte  de  todas  las  clases  del  país.  Ha¬ 
bía  oído  decir  á  bordo: — Río  Branco  es  ado¬ 
rado  en  el  Brasil;  y  lo  de  adorado  me  parecía 
algo  excesivo.  Pero  después  de  casi  un  mes  de 
circular  por  ciudades  y  campañas,  sabía  ya  que 
la  expresión  era  exacta.  No  he  visto  ejemplo 
de  prestigio  semejante,  tan  total,  tan  sin  som¬ 
bra  de  sospechas,  ni  distingos,  ni  reservas,  ni 
celos.  Aun  los  políticos  que  combatieron  al  can¬ 
ciller  en  empresas  como  la  del  Acre,  que  dio  al 
Brasil  el  monopolio  del  caucho,  se  habían  ren¬ 
dido,  convencidos  ó  llevados  por  la  ola;  y  hoy 
la  adhesión  á  Río  Branco  es  un  hecho  nacional. 


=====  22  ==--■■■■ 

Por  circunstancias  especiales  tuve  en  mi  gira 
ocasión  de  oir  numerosos  discursos,  con  objetos 
que  no  tenían  relación  con  los  negocios  exterio¬ 
res  ó  la  tenían  muy  remota.  Pero  ningún  ora¬ 
dor  dejó  nunca,  con  amables  pretextos  ó  sin 
ellos,  de  referirse  á  Río  Branco.  Y  el  público, 
así  fuera  de  damas  y  caballeros  de  frac  ó  de 
atezados  campesinos,  esperaba  la  referencia 
como  una  cosa  indispensable.  Y  en  cuanto  la 
alusión  asomaba,  en  cuanto  el  orador,  elevando 
el  tono  con  un  largo  ademán  de  expectativa, 
empezaba  á  decir,  por  ejemplo,  acentuando  la 
frase : 

—  Pero  hay  un  brasilero . . . 

Ya  se  sabía  de  quien  iba  á  hablar,  y  el  pú¬ 
blico  rompía  en  vítores:  “  Río  Branco!  Río 
Branco!  ”  El  éxito  oratorio  quedaba  asegura¬ 
do,  cualquiera  que  fuese  el  resto  del  discurso, 
porque  apenas  lo  dejaban  escuchar  los  aplau¬ 
sos. 


* 


*  * 


Deseaba,  pues,  ver  un  poco  por  dentro  al 
hombre  que  tal  amor  había  llegado  á  inspirar 
á  todo  un  pueblo,  esparcido  en  tan  inmensas 
distancias.  Y  pedí  el  favor  de  echar  una  ojeada 
al  despacho  privado.  Mi  acompañante  se  es¬ 
candalizó  un  poco  con  la  pretensión  —  pero 


23 


dándose  cuenta  de  que  me  la  sugería  algo  más 
que  una  trivial  curiosidad,  accedió,  con  una 
cláusula  condicional:  “nao  odiando  para  os 
papéis  pode. . .  ”  La  condición  era  hasta  algo 
ofensiva!  pero  tratándose  de  un  periodista, 
podía  admitirse . . . 

El  despacho  es  simplemente  un  enorme  salón 
de  unos  quince  metros  por  ocho,  y  su  aspecto 
á  primera  impresión  es  más  bien  para  desen¬ 
cantar.  Nada  extraordinario,  ni  siquiera  nada 
monumental,  nada  decorativo,  nada  sugerente ; 
las  paredes  desnudas,  ninguna  obra  de  arte, 
ningún  busto  evocador,  ningún  recuerdo,  ni  si¬ 
quiera  un  triste  rastro  de  jornadas  memora¬ 
bles —  ni  mapas  con  señales  estratégicas  por 
las  paredes ...  ni  siquiera  alfombra  en  el  suelo. 
Aquello  parecía  más  bien  el  refectorio  de  un 
convento  convertido  en  celda  de  un  padre  prior 
dado  á  cosas  de  letras.  Porque  papeles  sí  que 
había!  Papeles  amontonados  en  mesas  de  todo 
rango,  en  escritorios  de  todo  género,  desde  el 
estilo  ministro  hasta  el  modesto  de  un  cajón 
y  el  más  modesto  de  ninguno.  Mesas  de  caoba, 
de  cedro,  de  pino  blanco,  de  cualquier  forma, 
hasta  el  número  de  catorce  ó  quince,  soportan¬ 
do  montones  de  papeles,  obstruían  el  vasto  sa¬ 
lón,  imponiendo,  para  circular,  desde  la  mar¬ 
cha  oblicua  hasta  el  laborioso  desfile  de  flanco. 
A  la  derecha,  una  mesa,  la  más  importante  por 


24 


su  tamaño  de  varios  metros,  está  formada  por 
tablas  de  pino  puestas  sobre  caballetes:  pero 
como  aun  eso  resultase  escaso  á  la  avalancha  de 
los  papeles,  recibió  los  honores  de  un  entre¬ 
suelo,  haciéndosele  un  piso  inferior  con  otras 
tres  tablas,  puestas  sobre  el  cruce  de  los  caba¬ 
lletes.  Y  allí  también  los  papeles  alzan  sus  blo¬ 
ques  y  sus  rimeros,  haciendo  curvar  las  tablas. 
¿Dónde  trabaja  el  barón?  Para  contestar  la 
pregunta  el  acompañante  investigó  sobre  las 
mesas.  “  No  hay  más  qne  ver  donde  está  el 
candelero...  ”  En  efecto:  todo  aquel  recinto 
de  labor  mental  no  recibe  más  luz  que  la  de  una 
vela.  Allí  no  hay  arañas,  ni  focos  portátiles,  — 
un  modesto  candelero  de  loza  blanca  ambula 
con  el  operario  de  aquel  taller,  de  mesa  en  mesa. 
Cuando  una  se  abarrota  hasta  el  punto  de  no 
poder  ya  escribir  en  ella,  se  trae  nna  nueva,  la 
primera  que  se  halla  vacía  en  el  palacio,  y  allí 
se  instala  el  barón,  con  su  candelero,  su  silla  — 
porque  ni  siquiera  usa  un  sillón  de  esos  tan 
cómodos  para  ver  como  sube  el  humo  del  ciga¬ 
rro  —  una  botella  de  agua,  un  vaso  y  el  tintero 
—  nn  tintero  común,  de  esos  que  caen  parados, 
como  para  vagabundear,  sin  volcarse,  en  esa 
vida  de  continuos  traslados.  Cada  mesa  tiene 
por  lo  regular  tres  montones :  el  montón  de  los 
telegramas,  á  la  derecha,  sin  duda  porque,  sien¬ 
do  de  índole  urgente,  deben  estar  á  la  mano ;  el 


25 


montón  de  los  oficios  y  papeles  epistolares  á  la 
izquierda;  y  un  tercer  montón  al  frente,  que 
digo  yo  que  será  el  montón  de  lo  que  no  sirve  — 
como  quien  dice,  la  paja  de  la  trilladora.  Todos 
aquellos  papeles  están  copiosamente  anotados 
con  la  gruesa  letra  del  barón,  que  escribe  sin 
pereza,  poniendo  siempre,  en  las  notas  margi¬ 
nales  ó  en  las  resoluciones,  el  pensamiento  en¬ 
tero  y  definitivo,  formulado  de  una  pieza  por 
su  criterio  certero  y  su  erudición  colosal,  espe¬ 
cialmente  en  cuanto  tiene  que  ver  con  el  Brasil, 
tanto  sea  con  su  historia,  como  con  su  diploma¬ 
cia,  su  geografía  ó  su  naturaleza,  su  flora,  sus 
razas  y  fenómenos  étnicos,  su  comercio  y  sus 
industrias,  su  fauna  ó  sus  costumbres,  sus  in¬ 
sectos  ó  sus  leyendas  —  pues  el  barón  tiene 
fama  de  ser  el  brasilero  que  más  sabe  sobre  el 
Brasil. 

La  impresión  de  desencanto  sufrida  al  prin¬ 
cipio  por  mi  curiosidad,  dejaba  sitio  á  una  sen¬ 
sación  de  interés  creciente,  al  observar  en  aquel 
recinto  tan  característico,  rasgos  íntimos  del 
canciller  del  Brasil,  cuya  obra  de  estadista, 
después  de  haber  logrado  la  adhesión  total  de 
su  país,  realzado,  considerado,  librado  de  cues¬ 
tiones  de  vecindad,  y  puesto  en  un  rango  de 
considerable  importancia  internacional  por  la 
acción  de  su  diplomacia,  atraía  ahora  con  cre¬ 
cientes  curiosidades  el  interés  de  las  naciones 


de  América  y  Europa,  aun  de  las  grandes  po¬ 
tencias  —  que  en  el  congreso  de  La  Haya  se  ha¬ 
bían  visto  obligadas,  con  cierta  admiración  y 
quizás  con  un  poco  de  impaciencia,  á  atender, 
primero  con  desgano  y  después  con  modales  de¬ 
ferentes,  á  aquel  nuevo  interlocutor  exótico, 
entre  cuyas  verbosidades  tropicales,  que  al 
principio  se  creyeron  simplemente  pintorescas, 
asomaban  inesperadas  altiveces  y  modos  de  de¬ 
cir  terminantes  y  claros,  y  que  sin  mucha  cere¬ 
monia,  actuando  de  igual  á  igual  con  todo  el 
mundo,  tomaba  para  sí  un  asiento,  que  parece 
definitivo,  en  todo  futuro  debate  internacional 
donde  se  ventilen  intereses  ó  ideales  de  Sud- 
América.  Aquel  retiro  de  labor,  simple  y  se¬ 
vero,  carente  de  toda  gala,  de  todo  confort, 
hasta  de  las  pequeñas  comodidades  elementales 
que  cualquier  modesto  burgués  se  procura  para 
sus  cortas  meditaciones : —  aquella  inmensa  sala, 
alumbrada  por  una  sola  vela,  tan  inhospitala¬ 
ria  y  distinta  de  cuanto  se  cree  propicio  á  las 
misteriosas  gestaciones  del  pensamiento,  reve¬ 
laba  todo  un  modo.de  ser,  un  temperamento 
con  la  rara  aptitud  de  encerrarse  en  su  propio 
universo  y  gozar  el  halago  de  la  labor  sin  tes¬ 
tigos,  sin  alicientes  visibles,  sin  estímulos  de 
esos  que,  por  vanidad  ó  interés,  mueven  por  lo 
común  la  energía  de  los  hombres.  Aquella  for¬ 
ma  severa  y  superior  de  la  tarea  intelectual  me 


Rio  "Branco  .  . .  Montevideo,  A.  Barreiro  y 
Ramo s ,  1 909 . 

6Ag53  .Robertscn 


y 


cd  en 
t\3  en 


y 


trajo  á  la  memoria,  por  una  relación  fácil  de 
afinidades  selectas,  el  recuerdo  de  otro  poderoso 
trabajador  —  de  Mitre,  trabajando  también  por 
las  noches,  hasta  que  la  alborada  visitaba  su 
retiro,  —  alumbrado  también  por  una  palmato¬ 
ria  que  viajaba  con  él  desde  la  biblioteca  hasta 
el  dormitorio  del  piso  bajo,  en  donde  la  pe¬ 
queña  cama  de  hierro,  ajena  al  sensualismo  del 
reposo,  parecía  resumir  en  su  sencillez,  como 
una  síntesis  cuotidiana,  la  moral  y  la  vida  del 
solitario  trabajador. 

Tiene  también  allí  Río  Branco  su  dormitorio 
de  las  noches  laboriosas.  En  un  ángulo  del  des¬ 
pacho,  un  biombo  de  una  tela  cualquiera,  cla¬ 
vada  en  listones  de  cedro,  cierra  un  espacio  re¬ 
ducido  —  lo  indispensable  para  que  quepa  allí 
una  cama  de  caoba,  de  plaza  y  media,  y  una 
silla.  Y  en  relación  con  este  elemental  aposento, 
un  lavatorio  de  hierro  fundido,  sin  espejo, 
puesto  á  un  costado  de  la  puerta  de  entrada, 
completa  el  ajuar,  por  lo  que  hace  á  la  toilette 
del  canciller.  En  estas  noches  hace  sus  colacio¬ 
nes  sobre  la  misma  mesa  en  que  escribe  —  la¬ 
deando  apenas  la  hoja  húmeda  de  la  escritura 
reciente,  donde  va  formulándose  un  tratado  ó 
un  plan  de  recepción,  ó  un  pliego  de  instruccio¬ 
nes  diplomáticas,  ó  un  informe  geográfico  ó 
histórico  para  cualquier  academia  ó  sabio  eu¬ 
ropeo,  de  los  muchos  que  solicitan  datos  del 


==  2$  ====-■■-  = 

barón,  sabiendo  que  contesta  siempre,  agotando 
el  tema  y  á  vuelta  de  correo.  Un  servidor  hábil 
en  improvisaciones  culinarias  —  á  base  de  le¬ 
gumbres,  pues  el  Canciller  no  come  carne  — 
adereza  la  cena  frugal,  en  una  pequeña  cocina 
á  gas,  allí  contigua — soliendo  todavía  el  barón 
disfrutar,  en  esas  cenas  suyas  sobre  la  mesa  de 
trabajo,  el  encanto  de  una  gentil  compañía  — 
la  de  Mlle.  Hortensia  de  Río  Branco,  ejemplar 
gallardamente  representativo  de  la  mujer  bra¬ 
silera,  quien  á  menudo  se  queda  también  en 
Itamaraty,  como  á  dulcificar,  con  el  efluvio 
ondulante  de  la  gracia  y  el  talento  femenino, 
las  austeridades  rectilíneas  de  la  labor  paterna. 

Mi  entrevista  con  el  barón  de  Río  Branco  se 
efectuó  tan  á  mi  gusto,  que  hasta  lo  hallé  fuera 
de  su  despacho  oficial,  fuera  de  todo  tren  de 
preocupaciones  y  de  todo  vestigio  de  ceremo¬ 
nial,  en  un  amable  cuarto  de  hora  expansivo  y 
propicio  á  la  condescendencia. 

Un  grupo  de  estudiantes  de  Derecho  que  lo 
había  acompañado  desde  San  Paulo  le  rogó 
que  se  retratase  con  ellos,  y  el  barón  accedía 
complacido,  hallándose  cuando  llegué  á  salu¬ 
darlo,  posando  entre  el  grupo  juvenil,  remo¬ 
zado  también  él,  con  un  visible  encanto  de  la 
compañía,  contando  anécdotas  de  su  tiempo  de 
estudiante  en  la  claustral  é  ilustre  academia 
paulista,  cuyo  orgullo  por  haber  tenido  en  sus 


Iconografía  artística  de  Río  Branco 


fotograbado  del  busto  en  bronce  ofrecido  al  Uruguay  por  la  juuentud  brasilera 
y  existente  en  el  salón  de  honor  del  Rteneo  de  Monteuideo 


■ 


29 


aulas,  cuarenta  años  atrás,  al  travieso,  delga¬ 
ducho  y  garrido  estudiante  Silva  Paranhos, 
actual  canciller  é  ídolo  del  Brasil,  acababa  de 
traducirse  en  las  más  vivas  formas  del  regocijo. 

De  pie,  levemente  reclinado  contra  el  quicio 
de  una  puerta,  teniendo  por  delante  la  claridad 
de  las  galerías  atrás  del  palacio  y  el  bello  es¬ 
pectáculo  del  jardín  donde  lucen  su  escueta  y 
magnífica  gallardía  palmeras  imperiales  —  re¬ 
cibió  el  barón  de  Río  Branco  mis  saludos  río- 
platenses  y  tuvo  amables  gentilezas  para  mi 
diario  y  para  numerosas  personas  de  Buenos 
Aires,  que  nombró  y  recordó  con  acentuada 
simpatía.  Risueño,  muy  erguido  en  su  talla 
medrada  y  corpulenta,  elaborando  con  cierta 
lentitud  sus  períodos  en  castellano,  generali¬ 
zaba  ideas  amables,  cual  si  no  hubiese  caído 
en  cuenta  de  que  un  repórter  concreto  estaba 
sobre  su  rastro.  Paseamos  un  momento,  me  pre¬ 
sentó  á  varias  personas,  hizo  un  paréntesis  y 
firmó  un  expediente  que  le  trajeron,  recostán¬ 
dolo  en  la  balaustrada  de  la  galería.  Yí  que 
otros  expedientes  lo  acechaban  y  un  empleado 
desdoblaba  desde  lejos  un  plano  que,  visible¬ 
mente,  llevaba  los  ojos  del  canciller.  El  repor¬ 
taje  peligró  un  breve  minuto.  Pero  lo  afronté 
bravamente : 

— Señor  ministro. . .  No  pienso  incurrir,  cier¬ 
tamente,  en  la  pueril  pretensión  de  intentarle 


30 


un  reportaje  trascendental;  pero  convendrá 
V.  E.  en  que  no  es  posible  venir  de  tan  lejos, 
subir  tan  alto  y,  en  fin. . .  Y.  E.  comprende! 

Comprendió,  en  efecto,  lo  que  probablemente 
había  comprendido  hacía  rato.  Y  me  dijo  con 
sonrisa  cordial : 

—  Bueno,  pero  entonces  vamos  á  hablar  en 
brasilero . . . 

Y  habló  en  brasilero,  detenidamente,  sin 
abandonar  su  llano  y  sustantivo  estilo  verbal, 
sobre  las  conveniencias  materiales  y  la  tradi¬ 
ción  moral  en  las  relaciones  del  Brasil  con  sus 
grandes  vecinos  de  Sud-América.  Ni  por  un 
instante  le  vi  entornar  los  ojos,  de  un  gris  ace¬ 
rado,  llenos  de  certidumbres,  ni  envolver  sus 
pensamientos  en  esas  palabras  cautelosas  y  re¬ 
ticentes  con  que  los  Metternichs  de  calibre  me¬ 
nor  ahuecan  la  importancia  de  sus  declaracio¬ 
nes,  soltándolas  con  precaución,  como  si  cada 
palabra  suya,  dicha  de  golpe,  pudiese  alterar  la 
marcha  del  universo.  La  cordial  y  despreocu¬ 
pada  sinceridad  que  notara  ya  en  todas  las  con¬ 
versaciones  tenidas  con  varios  estadistas  bra¬ 
sileros  sobre  materia  internacional,  alcanzaba 
en  Río  Branco  sus  formas  superiores  de  sim¬ 
plicidad  concreta  y  concluyente,  desdeñando 
toda  vaguedad,  todo  eufemismo,  para  afirmar 
convicciones  de  hecho  y  de  principio,  netas  y 
sencillas.  La  imposibilidad  de  choques  y  con- 


3t 


flictos  de  especie  alguna  entre  Brasil  y  Ar¬ 
gentina,  la  completa  fe  en  que  el  gran  país  del 
Plata  cifraba  su  afán  en  trabajar  en  paz,  y  la 
confianza  de  que  igual  convicción  tendría  res¬ 
pecto  del  Brasil  la  honradez  argentina  —  que 
se  disminuiría  dudando  sin  motivo  de  la  hon¬ 
radez  ajena  —  la  demostración  material  de  las 
mutuas  conveniencias,  que  son  de  orden  impe¬ 
rativo,  en  cuanto  á  cordiales  entendidos  entre 
ambos  pueblos,  todo  eso  fue  expuesto  por  el 
canciller  brasilero  con  una  precisión  de  fór¬ 
mula  algebraica,  imposible  de  alterar  seria¬ 
mente,  como  él  decía,  con  ninguna  sugerencia 
maligna  de  índole  individual  —  con  ninguna 
locura ! 

“  Con  ninguna  locura!  ”  Fue  curioso  que  el 
canciller  llegase  por  distintos  procesos  menta¬ 
les  á  emplear  la  misma  expresión  de  Bocayuva 
—  que  sólo  enloquecidos  unos  y  otros  podría 
haber  discordia  entre  estos  países  —  y  que  sólo 
un  criterio  ofuscado  ó  insensato  podría  supo¬ 
ner,  no  ya  que  el  Brasil  fomentase,  sino  que, 
por  algún  interés,  le  conviniese  cualquier  tras¬ 
torno  argentino  ó  de  otro  país,  cualquier  con¬ 
flicto  continental,  con  él  ó  con  otra  nación,  cual¬ 
quier  perjuicio  de  cualquier  vecino,  material 
ó  moral,  político  ó  económico,  interno  ó  exte¬ 
rior.  ¿Para  ganar  qué?  La  política  del  Brasil, 
como  ya  lo  hiciera  notar  el  Presidente  Penna, 


32 


era  afirmada  por  el  Canciller  sobre  el  concepto 
de  qne  el  mal  de  uno  se  ve  de  afuera  como  mal 
de  todos,  —  que  el  desconcepto  de  uno  hiere  ó 
salpica  á  los  demás, — y  que  lo  que  hay  que 
hacer  es  propender  á  aclimatar  las  semillas 
preciosas  del  orden  y  la  paz  en  todas  las  tierras 
de  América  —  es  cultivar  la  civilización  gene¬ 
ral,  la  justicia,  la  lealtad  y  un  insospechable 
concepto  de  intereses  solidarios,  para  que  todo 
eso  haga  escuela  y  forme  un  cuerpo  virtual  de 
doctrina  sudamericana.  —  Y  no  á  meros  fines 
platónicos,  expresó  el  Canciller  —  sino  al  ob¬ 
jeto  conciso  de  garantir  los  bienes  comunes,  de 
territorio,  de  soberanía  y  de  dignidad  contra 
cualquier  emergencia,  no  imposible  si  todos  nos 
empeñásemos  en  mantenernos  foscamente  ais¬ 
lados  en  nuestras  fronteras.  Es  preciso  tender 
á  entendidos  concretos.  No  es  posible,  desgra¬ 
ciadamente,  por  razones  obvias,  pretender  la 
alianza  material  de  todos  los  países  de  Sud- 
América  —  pero  sí,  es  posible,  y  debe  ser  nues¬ 
tro  ideal,  buscar,  como  un  fin  de  utilidad  supe¬ 
rior  para  todo  el  continente,  que  eso  se  verifi¬ 
que  entre  los  países  que,  desde  luego,  estén, 
como  están,  por  ejemplo,  la  Argentina,  el  Bra¬ 
sil  y  Chile,  en  condiciones  de  formar  un  con¬ 
junto  de  poder  efectivo,  asociando  un  capital 
de  fuerza  más  ó  menos  equivalente.  —  Es  claro 
que  nadie  sueña  en  imponer  tutorías,  declaró 


33 


el  barón,  pues  ante  el  derecho  todos  somos 
iguales, — y  el  Brasil  profesa  este  principio 
con  tal  convicción,  que,  á  pesar  de  nuestra  no¬ 
toria  amistad  con  Norte- América  y  del  interés  * 
sincero  con  que  la  cultivamos,  no  hemos  vaci¬ 
lado  un  minuto  en  adoptar  la  actitud  definida 
que  es  notoria  en  el  congreso  de  La  Haya,  no 
aceptando,  ni  para  el  Brasil  ni  para  nadie,  que 
pueda  haber  naciones  con  más  derecho  y  nacio¬ 
nes  con  menos  derecho  ante  el  concepto  de  la 
justicia,  que  debe  actuar  según  la  moral,  no  se¬ 
gún  la  geografía  ó  el  diverso  poder  de  las  es¬ 
cuadras  ;  —  se  trata  de  poner  en  recaudo  nues¬ 
tra  herencia  y  asegurar  nuestro  común  derecho 
á  trabajar  y  prosperar  en  paz.  Para  esto  es 
para  lo  que  deben  ser  nuestras  fuerzas  efica¬ 
ces  ;  pero  mientras  no  se  unan  deliberadamente 
no  lo  serán  sino  en  grado  precario.  Yo  pienso  en 
todo  esto  como  pensaba  mi  padre ;  y  sé  que  es¬ 
tas  cosas  han  de  venir,  con  nosotros  ó  sin  nos¬ 
otros,  porque  no  las  hace  ni  las  deshace  el  ca¬ 
pricho  ni  el  talento  de  un  solo  hombre.  Son 
obra  de  factores  más  complejos  y  potentes  que 
una  voluntad,  mala  ó  buena.  Lo  que  pueden  ha¬ 
cer  en  ellas  los  hombres,  es  desconocerlas  y  re¬ 
tardarlas,  si  los  perturba  una  pasión  cualquiera 
ó  un  criterio  receloso  y  estrecho,  —  ó  bien  re¬ 
conocerlas  y  abrirles  paso,  anticipándoles  el 
día,  si  tienen  la  buena  suerte  de  interpretar  á 


34  —  -  - 

tiempo  y  con  verdad  el  anhelo  y  el  interés  de 
sus  pueblos.  Las  hegemonías,  como  las  conci¬ 
ben  los  espíritus  superficiales,  ni  son  posibles 
ni  útiles  para  nadie ;  pero  esto  sí . .  .  Y  el  día 
que  no  haya  sino  un  pensamiento  y  una  acción 
en  toda  cuestión  internacional  que  afecte  al 
continente,  no  habrá  osadía  ni  arbitrariedad 
bastante  fuerte  para  imponernos  una  vejación. 
Cuando  ya  no  sea  cuestión  de  ocupar  un  puer¬ 
to,  sino  de  bloquear  todo  un  continente  sobre 
dos  océanos,  las  cosas  cambiarán  sustancial¬ 
mente,  no  sólo  para  la  seguridad,  sino  para  el 
prestigio  y  para  el  rango  de  Sud- América. 


*  * 


* 


Tal  es,  expresado  por  su  canciller,  el  pensa¬ 
miento  del  Brasil  en  lo  que  respecta  á  la  utili¬ 
dad  internacional  de  entendidos  explícitos  como 
los  indicados;  y  en  cuanto  á  lo  interno  conti¬ 
nental  no  podía  ser  difícil  poner  en  luz  las  ven¬ 
tajas  que  de  ahí  derivarían:  desde  luego,  obten¬ 
dríamos  el  precioso  beneficio  de  concluir  con 
todas  estas  desconfianzas  que  á  intervalos  nos 
ponen  cavilosos,  y  á  nadie  le  incomodaría  en¬ 
tonces  que  el  país  que  pueda  y  quiera  gastar 
en  renovar  su  escuadra  ó  fortificar  sus  costas 
ó  aumentar  sus  efectivos  militares,  lo  haga, 


35 


porque  todo  será  para  beneficio  general.  Nadie 
juzgará  entonces  indispensable  hacer  gastos 
bélicos  por  la  única  razón  de  que  los  haga  un 
vecino  —  y  además,  eliminada  la  desconfianza, 
que  nos  trae  siempre  en  pie  de  susceptibilida¬ 
des  irritables,  podremos  llegar  á  avenencias 
de  orden  económico  y  comercial,  que  hoy  ni  aun 
siendo  razonables  y  convenientes  prosperan, 
porque  perdemos  lo  mejor  de  nuestra  buena  fe 
buscando  la  segunda  intención  entre  las  líneas 
de  nuestros  memoriales ! 


*  * 


* 


“  Pienso  en  esto  como  pensaba  mi  padre. .  .  ” 
En  la  conversación  del  Canciller  se  destacó  ante 
mi  atenta  observación  esa  frase,  que  no  sólo 
subrayaba  con  el  trazo  firme  de  un  acendrado  é 
insospechable  sentimiento  filial  las  expresiones 
del  estadista,  sino  que  les  imprimía  el  sello  de 
una  herencia  moral,  al  evocar  la  eminente  me¬ 
moria,  grata  en  ambas  orillas  del  Plata,  del 
ministro  Silva  Paranhos,  cuya  influencia  mo¬ 
deradora  y  cordial  en  horas  de  recelo  y  hasta 
de  odio,  ha  dejado  luminosos  rastros  en  trata¬ 
dos  y  acuerdos  que  honran  las  vistas  diplomᬠ
ticas  del  Brasil  y  por  las  cuales  supo  afrontar, 
el  hoy  glorificado  estadista  del  Imperio,  hasta 


36 


las  tristezas  de  la  impopularidad.  En  verdad, 
al  Canciller  actual  le  viene  en  herencia  el  am¬ 
plio  espíritu  sudamericano,  el  concepto  elevado 
y  eficiente  de  las  avenencias  con  fines  de  bien 
común,  de  libertad  y  de  civilización.  La  tradi¬ 
ción  está  en  la  sangre  y  en  la  mente,  habiendo 
sin  duda  ascendido  hacia  una  evidente  pleni¬ 
tud;  y  al  fijarme  en  este  interesante  hecho  psi¬ 
cológico,  no  pude  menos  de  generalizarlo,  dete¬ 
niendo  la  atención  en  lo  singularmente  propi¬ 
cio  que  el  Brasil  muestra  ser,  como  medio  am¬ 
biente,  para  el  desarrollo  de  las  estirpes  men¬ 
tales.  La  escasez  de  renovación  en  las  sangres 
originarias,  la  falta  de  cruzamiento  con  otras 
razas  —  habiéndose  desenvuelto  casi  totalmente 
la  población  brasilera  sobre  la  base  étnica  por¬ 
tuguesa —  dejaría  temer  más  bien,  unida  á  la 
acción  depresiva  del  clima,  un  desarrollo  dege¬ 
nerativo,  diagramado  en  curvas  descendentes. 
El  hecho,  entretanto,  es  bien  otro :  podrían  mis 
investigaciones  hechas  al  respecto  referirse  á 
numerosas  familias  con  cinco  y  seis  genera¬ 
ciones  brasileras,  desenvueltas  sin  mezcla  al¬ 
guna  de  sangre  extraña  á  la  originaria  sangre 
portuguesa,  las  que,  lejos  de  degenerar,  han 
venido  mejorando  y  produciendo  temperamen¬ 
tos  de  selección;  pero  limitando  ahora  la  ob¬ 
servación  á  esta  familia  de  Silva  Paranhos,  ra¬ 
dicada  en  Bahía  —  en  el  centro  tórrido  —  y  con 


Iconografía  genealógica  de  Río  Branco 
Padre  é  hijo:  el  Uizconde  de  Río  Branco  g  el  actual  Canciller  del  Brasil 


31 


cuatro  generaciones  de  puro  origen  portugués, 
la  veríamos  que,  partiendo,  según  creo,  de  un 
honorable  funcionario,  continúa  en  un  coronel 
de  milicias  y  da  en  seguida  un  hombre  supe¬ 
rior,  como  fue  aquel  ministro  Paranhos  —  que 
ennobleció  la  estirpe  adquiriendo  del  imperio 
la  baronía  y  de  la  humanidad  un  timbre  toda¬ 
vía  más  alto  con  la  ley  de  libertad  de  vientres, 
que  virtualmente  abolió  la  esclavitud  —  y  en 
la  cuarta  evolución  la  genealogía  ascendente 
culmina  en  el  actual  Canciller,  cuyo  equilibrio 
mental  y  fisiológico  se  muestra,  tanto  en  el  vi¬ 
gor  juvenil  con  que,  á  su  edad,  se  entrega  entero 
á  un  enorme  trabajo,  forzando  los  resortes  de  la 
vida,  como  en  su  acción  mental  ponderada,  sin 
taras  ni  arrebatos,  hasta  sin  impaciencias  — 
pues  habiendo  sido  ya  secretario  de  su  padre 
en  misiones  de  resonancia,  y  diputado  luego, 
se  va  de  cónsul  á  Liverpool  y  allá  pasa  cerca 
de  veinte  años,  desempeñando  entonces  y  des¬ 
pués  diversos  cargos  y  delicadas  misiones  di¬ 
plomáticas  en  el  exterior,  pero  sin  ascender  á 
la  suprema  dirección  de  los  negocios  exteriores 
hasta  que  las  circunstancias  lo  ponen  en  su  en¬ 
cumbrado  sitio.  Y  él  toma  ese  sitio,  ya  con  más 
de  cincuenta  años,  sin  apuro,  sencillamente, 
como  quien  reanuda  sin  esfuerzo  una  tarea  fa¬ 
miliar —  resultando  evidente  para  su  país,  des¬ 
de  tal  día,  que  ha  nacido  para  aquel  cargo,  y 


3$ 


que  si  no  lo  ha  tomado  antes,  es  porque,  de  se¬ 
guro,  no  lo  ha  movido  hacia  los  honores  públi¬ 
cos  ninguna  especie  de  ambición  personal. 

Esto  es  tan  aceptado  allí  que  dió  lugar  al  si¬ 
guiente  episodio: 

Cuando  recién  empecé  á  darme  cuenta  de  lo 
que  significaba  Río  Branco  en  la  opinión  del 
Brasil  —  creyendo  que  allá  como  en  otras  par¬ 
tes  nadie  pensaría  en  felicidad  mayor  que  en 
ser  Presidente  —  dije  en  una  rueda  de  perso¬ 
nas,  en  cuya  compañía  viajaba: 

— ¡Pero  este  hombre  lo  puede  ser  todo!  Se¬ 
guramente  que  la  futura  presidencia . . . 

Mis  nuevos  amigos  se  rieron,  verdadera¬ 
mente  divertidos  con  mi  suposición.  Y  uno  dijo, 
resumiendo  el  concepto  general: 

— ¡No,  señor!  Eso  podría  ser  un  gran  an¬ 
helo  del  Brasil;  pero  á  buen  seguro  que  no 
sería  nunca  un  anhelo  del  Canciller.  Río  Bran¬ 
co  no  es  más  ni  menos  que  un  Presidente,  pero 
es  otra  cosa,  que  tal  vez  no  sería  si  estuviese 
obligado  á  gastar  en  la  política  lo  mejor  de  lo 
que  hoy  le  consagra  al  país.  Él  no  vive  ni  tra¬ 
baja  para  los  Estados,  ni  para  el  congreso,  ni 
para  sí,  ni  para  sus  amigos,  ni  para  nada  par¬ 
ticular —  vive  y  trabaja  para  el  Brasil.  Por 
eso  ño  hace  política  —  porque  le  estorbaría 
para  esa  otra  función,  en  que  todo  el  país  se 
gloría  de  verlo  consagrado.  Si  él  fuese  Presi- 


39 


dente  tendría  que  seguir  siendo  también  Can¬ 
ciller —  y  aunque  es  hombre  superior  á  cual¬ 
quier  dificultad,  sufriría  quizás  una  de  las  dos 
cosas,  la  que  más  nos  importa,  porque  el  Bra¬ 
sil  ha  vivido  desacreditado  y  hoy  reclama  que 
le  hagan  su  crédito,  y  para  eso  necesita  una 
acción  altamente  imparcial  y  superior,  que  in¬ 
fluya  sobre  todas.  Río  Branco  sería  lo  que  qui¬ 
siera,  pero  él  mismo,  jamás  deseará  ser  otra 
cosa:  en  todo  caso,  lo  único  que  podría  ser  es 
no  ser  nada  —  porque  así  seguiría  siéndolo 
todo . . . 

Esta  es,  en  esencia,  la  convicción  del  Brasil 
en  lo  que  respecta  al  Canciller,  acerca  del  cual 
hallé,  después  de  las  sugestivas  peculiaridades 
de  vida  y  de  trabajo  que  dejo  referidas,  una  se¬ 
rie  de  anécdotas,  las  más  variadas,  sobre  su 
vida,  costumbres,  hechos  y  dichos  —  motivo 
preferente  de  los  comentarios  de  sus  compa¬ 
triotas.  Pero  entre  todas,  ninguna  me  pareció 
más  adecuada  para  acabar  esta  crónica  que  una 
relativa  á  un  sport  del  barón.  ¿Un  sport?  Sí, 
pues,  un  entretenimiento  de  las  horas  de  la  me¬ 
ditación,  á  solas  en  su  refectorio  conventual  de 
prior  dado  á  las  letras.  Me  lo  contó  un  amigo 
que  asegura  saberlo  —  y  consiste  en  un  sistema 
especial  de  cazar  moscas.  Cazar  moscas!  Ni 
más  ni  menos.  El  Canciller  está  abstraído  — 
medita  algún  plan  trascendental  —  imagina 


40 


acaso  una  fórmula  nueva  para  dar  realce  al 
concepto  del  Brasil,  algún  modo  especial  de 
dar  vida  á  la  entidad  sudamericana  que  sueña 
en  ver  armonizada,  fuerte  y  gloriosa.  Be  pron¬ 
to,  su  vista  errante  se  fija  en  un  punto:  su 
cuerpo  vasto  y  pesado  se  mueve  suavemente; 
se  levanta  en  silencio,  toma  el  candelero,  siem¬ 
pre  con  su  vela  encendida  sobre  la  mesa  y  se 
desliza  con  dulzura  hacia  aquel  punto,  de  donde 
ya  no  se  apartaron  sus  ojos.  Un  paso,  otro,  llega 
al  misterioso  destino:  alza  la  vela,  la  inclina, 
cae  una  gota  de  estearina  y  debajo  de  ella 
queda  infaliblemente  prendida  y  fulminada 
una  mosca!  Ese  ha  sido  el  único  objeto  capaz 
de  interrumpir  el  trabajo  del  Canciller,  que 
nadie  se  atrevería  á  perturbar  —  y  tal  es  el 
sport  del  barón  de  Río  B raneo . . .  á  estar  á  la 
amistosa  confidencia. 

El  amigo  que  me  contaba  la  anécdota,  decía : 
“  para  un  generalizador  como  usted,  este  de¬ 
talle  ofrece  base  á  sutiles  inducciones  psicoló¬ 
gicas  .  .  .  Matar  moscas  con  gotas  de  estearina ! 
bueno . .  .  parece  banal ;  pero  desde  luego,  vea 
que  el  sistema  es  nuevo  y  es  de  un  procedi¬ 
miento  simple,  sin  crueldad  ni  perfidia ;  no  hay 
ahí  tuortuosidades  traicioneras  de  araña,  que 
parecerían  tan  propias  en  el  sport  de  un  Can¬ 
ciller!  En  cambio,  lo  infalible  de  la  gota  que 
cae,  pac !  prueba  el  pulso  del  hombre ;  y  puede 


4t 


hablar  tanto  de  la  rectitud  de  procedimientos 
como  de  la  claridad  de  las  ideas,  pues  si  el  Can¬ 
ciller  caza  sus  moscas  sin  telaraña,  dice  sus 
propósitos  sin  hipocresía  I  ”  Vaya  la  humorís¬ 
tica  inducción  aunque  sólo  sea  como  un  espiri¬ 
tual  mot  de  la  fin;  pero  la  última  parte,  me  es 
grato  reconocerla  exacta.  La  política  exterior 
del  Brasil,  por  lo  que  oí  y  creo  poder  decir, 
está  informada  en  una  claridad  de  intenciones 
que  debe  hacer  escuela  en  Sud- América  —  en 
cuya  diplomacia,  como  en  la  rioplatense  de  los 
grandes  tiempos,  la  palabra  humana  tiende  á 
abandonar  el  oficio  rastrero  y  miserando  de 
encubrir  las  ideas,  para  ejercer  la  función  au¬ 
gusta  y  maternal  de  parirlas  desnudas,  como 
Verdades  ó  como  Diosas! 


tlucstra  frontera  noreste. 

(Carta  del  autor  al  Dr.  Rntonio  María  Rodríguez) 


nuestra  frontera  noreste 

Él  gran  acto  de  armonía 
Su  génesis  en  el  gabinete  de  Río  Branco 


Buenos  Aires ,  Mayo  12  de  1909. 

Señor  presidente  de  la  cámara  de  diputados, 
doctor  Antonio  María  Rodríguez. 

Montevideo. 


Mi  distinguido  amigo: 

Mientras  hacíamos,  del  brazo,  la  cruzada  pro¬ 
cesional  de  la  ciudad  invicta,  formando  parte 
de  la  calurosa  y  cultísima  manifestación  que 
improvisó  nuestro  pueblo  en  honor  del  Brasil, 
evocábamos,  entre  reminiscencias  de  jornadas 
políticas  comunes,  en  que  era  ya  usted  brillante 
y  conspicuo  jefe  y  yo  apenas  oscuro  conscripto 


(1)  Publicado  en  El  Día  de  Montevideo. 


46 


parlamentario,  lembranzas  de  Río  Janeiro  y  de 
sus  hombres,  entre  cuya  élite  mental  dejó  usted 
arraigadas  saudades.  Y  hablando,  hablando,  de 
aquellos  temas  amables  y  del  intenso  tema  am¬ 
biente —  aquel  de  la  gran  manifestación,  que 
nos  movía  y  nos  soliviantaba  el  espíritu  con  su 
dinamismo  poderoso  y  grave,  le  conté  yo  de 
cómo  había  sido  el  primer  oriental  que  experi¬ 
mentara  la  honda  emocióíi  de  ver,  con  la  tinta 
fresca  todavía,  el  nuevo  trazado  de  nuestra 
frontera  noreste,  recordando,  como  lo  más  in¬ 
teresante  del  caso,  las  manifestaciones  que  en 
tal  ocasión  oyera  al  barón  de  Río  Branco  so¬ 
bre  la  etiología  y  la  moral  positiva  de  la  deter¬ 
minación  brasileña.  No  sé  si  la  influencia  del 
momento  dio  cierto  relieve  interesante  á  la  re¬ 
ferencia:  ello  fué  que  usted  me  dijo  con  afec¬ 
tuosa  reiteración: 

—  Usted  debe  escribir  eso. 

Regresado  hoy  á  la  paz  laboriosa  de  mi  hogar 
argentino,  recuerdo  su  indicación,  y  antes  de 
recomenzar  la  tarea  cuotidiana,  aprovechando 
el  saludable  estímulo  sanguíneo  de  la  hora  ma¬ 
tinal,  me  doy  el  placer,  no  de  “  escribir  ”  el  pe¬ 
queño  episodio,  sino  de  “  escribírselo  á  usted  ”, 
llenando  así  su  deseo  en  una  forma  para  mí 
más  agradable. 

Ello  es,  en  verdad,  que,  por  un  feliz  accidente, 
la  vi  recién  trazada,  á  la  línea  ideal,  tantos 


47 


años  anhelada  —  anhelada  ciertamente  en  me¬ 
nor  proporción  por  nuestra  mortificada  sobe¬ 
ranía —  y  llevada  más  allá  de  nuestro  propio 
anhelo  por  un  bello  gesto  y  un  elevado  espíritu 
principista  de  la  diplomacia  brasileña. 

El  relato,  ciertamente,  no  puede  ser  más  sen¬ 
cillo.  Acabado  de  llegar  á  Río,  á  fines  del  año 
anterior,  pasé  á  saludar  al  barón  de  Río  Branco 
en  el  palacio  de  Itamaraty,  y  fui  conducido, 
después  de  dar  muchas  vueltas,  á  un  des¬ 
pacho  pequeño,  que  yo  no  conocía,  uno  de  los 
tantos  rincones  de  aquel  viejo  palacio,  donde 
la  inmensa  labor  del  Canciller  desborda  á  modo 
de  una  silenciosa  é  incoercible  marea.  Traba¬ 
jaba  el  barón  sabe  Dios  desde  cuántas  horas 
antes.  Frente  á  él,  un  hombre  pequeño,  delga¬ 
do,  de  aspecto  huraño  y  mirada  febril  y  pro¬ 
funda.  Lo  conocía.  Era  el  gran  escritor  filó¬ 
sofo  Euclydes  da  Cunha,  quizá  el  más  fuerte 
cerebro  de  pensador  y  el  más  rutilante  y  terso 
estilo  de  publicista  que  hoy  escriba  la  lengua 
lusitana.  Da  Cunha,  que  es  ingeniero  geógrafo, 
leía  una  especie  de  memoria  que  el  barón  es¬ 
cuchaba  atentamente,  anotando  en  una  peque- 
ñita  libreta  algunas  de  las  cifras  y  datos  que 
iba  dando  el  lector.  La  lectura  y  la  anotación 
no  se  interrumpieron  por  mi  entrada,  durante 
todavía  unos  cinco  minutos,  que  esperé  de  pie, 
pero  que  no  perdí,  porque  debajo  del  brazo  iz- 


48 


quiérelo  del  barón,  asentado  sobre  la  mesa,  dis¬ 
tinguí  en  seguida  un  plano  ó  carta  geográfica 
que  reconocí  y  que  cautivó  mis  ojos.  Era  nues¬ 
tra  zona  limítrofe  del  Yaguar ón  y  la  Merim, 
tan  familiar  á  todos  nosotros,  porque  su  con¬ 
templación  ha  suscitado  tantas  veces  nuestras 
patrióticas  melancolías!  Pero  desde  el  primer 
momento,  una  raya  roja  fuertemente  trazada 
con  dureza  geométrica  por  el  centro  de  aquellos 
cauces,  me  infundió  un  sentimiento  íntimo  de 
expectativa  y  ansiedad.  Por  fin  el  barón  se  le¬ 
vantó,  con  su  afabilidad  de  gentil  hombre  y  me 
dijo:  —  lo  hice  entrar  aquí  para  mostrarle  una 
primicia.  Usted  es  el  primero  que  verá  este  tra¬ 
zado  de  nuestras  fronteras  con  su  país,  tales 
como  deseamos  que  queden  establecidas.  Hace 
porción  de  días  que  vengo  trabajando  en  esto 
y  ahora  acabo  de  determinar  con  da  Cunha  la 
línea  definitiva,  que  como  ve,  corre  á  lo  largo 
del  thalweg,  equidistante  de  las  dos  márgenes. 
Ahora  estaba  tomando  algunas  notas  para  el 
estudio  y  proyecto  de  tratado  que  debo  presen¬ 
tar  al  Presidente. 

Pude  entonces  observar  á  mi  sabor  el  plano, 
con  una  emoción  que  comprenderán  fácilmente 
todos  los  corazones  orientales.  Sólo  supe  decir 
al  barón :  —  el  pueblo  oriental  tiene  buena  me¬ 
moria,  señor,  y  ésta  es  de  aquellas  cosas  que 
no  se  olvidan.  —  Oh,  contestó  el  Canciller  del 


49 


Brasil  con  su  afable  escepticismo  mundano, — 
para  nada  entra  ni  puede  entrar  en  esto  la  ex¬ 
pectativa  de  un  agradecimiento,  que  por  otra 
parte  no  sería  razonable  pretender  con  carác¬ 
ter  duradero  de  ninguna  nación,  cuyos  intere¬ 
ses  son  siempre  tan  instables.  Este  es  más  bien 
un  propósito  antiguo,  que  no  se  realizó  hasta 
ahora  por  dificultades  de  nuestra  política  in¬ 
terna,  que  recién  vamos  acabando  de  allanar. 
Buscamos  con  esto,  en  primer  lugar,  ponernos 
en  armonía  con  nuestro  propio  concepto  del 
derecho  de  gentes  en  estos  asuntos,  y  luego,  le¬ 
gitimar  y  hacer  insospechables  ante  el  mundo 
civilizado  nuestros  afanes  de  equidad  interna¬ 
cional,  de  justicia  y  consideración  parejas  para 
todos  los  pueblos,  fuertes  ó  débiles,  conforme 
á  nuestra  doctrina  abiertamente  sustentada  en 
el  congreso  de  La  Haya. 

Mientras  el  Canciller  manifestaba  así  el  mó¬ 
vil  superior  del  acto  trascendental  cuya  consa¬ 
gración  estaba  preparando  en  aquella  salita 
donde  no  era  posible  sentarse  por  el  desborde 
de  legajos  y  papeles  sobre  mesas  y  sillas,  yo  no 
podía  apartar  los  ojos  del  plano,  como  obsedido 
por  aquella  franca  y  firme  línea  roja,  que  ve¬ 
nía  á  colmar  en  nuestra  alma,  con  amplitud  hi¬ 
dalga,  aspiraciones  tan  viejas  y  tan  caras!  Y 
á  pesar  del  amable  escepticismo  del  canciller 
brasileño,  pensaba  para  mí  —  y  la  manifesta- 


50 


don  del  domingo  empieza  á  probar  que  no  me 
engañaba  —  pensaba  para  mí  que  aquella  línea 
roja  no  se  marcaría  solamente  en  nuestro  mapa 
fronterizo  —  sino  que  iba  también  á  marcarse 
en  la  historia  y  en  el  alma  nacional,  dejando  en 
ellas,  como  en  el  plano  que  tanto  se  complacían 
en  observar  mis  ojos  —  un  trazado  indeleble. 

Que  así  sea,  para  establecer  de  una  vez  y 
para  siempre  jamás,  con  el  gran  vecino  del 
norte,  la  misma  fecunda  solidaridad  de  inte¬ 
reses  y  armonía  de  destinos  que,  pese  á  ofusca¬ 
doras,  vanas  y  precarias  contingencias  del  mo¬ 
mento,  tenemos  ya  fundada  tradicionalmente, 
indestructiblemente,  con  nuestra  hermana  ma¬ 
yor  de  río  por  medio. 

Tales  son  los  patrióticos  anhelos  de  éste  su 
viejo  é  invariable  amigo, 


Manuel  Bernárdez.